España lleva en decadencia cinco siglos; el hecho de que aún se sobreviva en el país, proviene de lo alto que se partió (primera potencia mundial). Una tendencia tan larga no admite excusa, e indica una podredumbre social muy asentada, quizás incurable desde dentro. Costa, Azaña, Ortega y Gasset, o Marañón, aunque identificaron los síntomas de la enfermedad, no supieron darse cuenta de esa dificultad, quizás por no identificar correctamente las causas fundamentales. Por ello, confiaron en la nueva religión de occidente (el izquierdismo, entendido principalmente como socialismo por entonces, y hoy también como feminismo, etnomasoquismo…) para limpiar el país, sin percatarse de que siendo los creyentes españoles, su sustrato cultural era el mismo y difícilmente podrían limpiar nada. Y lo que es más grave, sin percibir las nocivas características suicidas de esa nueva religión, que suponen un problema todavía peor.
¿Qué pudrió hasta tal extremo la moral del país? Algunos intelectuales, entre ellos los regeneracionistas que ya he señalado, sugirieron diversas causas posibles, y algunas de ellas pudieron influir, pero en mi opinión hay una fundamental y primordial, que dio comienzo precisamente cinco siglos atrás, el día en que el emperador Carlos I de España se entrevistó con Lutero para decidir si el imperio adoptaba el protestantismo o no. Decidió que rotundamente no, y así empezó en nuestra parte del mundo una amplificación de los defectos que habían adquirido la religión e iglesia cristianas, es decir, lo que se ha entendido como catolicismo desde que la iglesia de Roma entró en guerra con los protestantes.
Los defectos eran evidentes, y Lutero pretendió reformarlos; primero debatiendo, pero fue rechazado y condenado. Para concretar, estos eran los principales problemas:
- Indulgencias.
Pagos que se hacían a la iglesia a cambio de sufrir menos en el purgatorio, una vez fallecidos. La idea, de la que no hay ni que explicar la corrupción moral que supone, tuvo un éxito enorme en el mundillo católico, y con el tiempo se diversificó el negocio, llegando hasta el siglo XX, en el que por un módico precio uno podía comer carne en semana santa, por poner un ejemplo especialmente ridículo.
- Concepto de purgatorio.
Este pseudoinfierno temporal en el que purgan sus penas los que van al cielo, supone que no hay necesidad de ser bueno o malo, basta con ser una mezcla, tan diluida como se quiera. Si además resulta que se puede comprar la supresión de dichas penas, el chollo es irresistible.
- Salvación/Condena se decide por acciones humanas concretas, en lugar de determinarla Dios.
De nuevo, esto implica que no hay buenos y malos, sino que se "elige" a gusto del consumidor.
No hay manera objetiva de regular detalladamente esa elección, evidentemente, por lo que será una élite la que disponga lo que le de la gana al respecto. Las acciones concretas que se determinen serán inevitablemente arbitrarias, hasta cierto punto. Además, a la larga el sistema resultará rígido. Los defensores del catolicismo critican el hecho de que en el protestantismo la disyuntiva venga predeterminada por Dios, pretendiendo que eso supondría que lo que hagan las personas en la Tierra no importaría nada. Fingen olvidar que el concepto de Dios es omnipotente y omnisciente, y por tanto sabe de antemano qué hará cada persona en su vida.
Lo que a efectos prácticos supone la reforma protestante, es que el código de conducta de los individuos no se rija por lo que se le antoje a un reducido grupo de ellos, sino por los conceptos auténticos del bien y el mal. Desde un punto de vista científico, es razonable suponer que aunque sean inefables en su totalidad, todos tenemos esos conceptos impresos en nuestro código genético (de ahí el parecido entre todas las religiones de éxito), porque es conveniente para la supervivencia del grupo, de la especie. Aunque en aquellos tiempos los protestantes no lo razonaran así, hoy en día podemos entender perfectamente por qué esa reforma suponía una mejora.
Otro concepto que podríamos portar en los genes desde nuestros ancestros más remotos, de forma abstracta y primaria, es el de propiedad. Es una hipótesis: provendría de la naturaleza cazadora-recolectora del homo sapiens prehistórico, no carroñero, como demuestra el modesto nivel de acidez de nuestros jugos gástricos, poco agresivos con los microbios presentes en el alimento (en comparación con los estómagos de los animales carroñeros). Esta naturaleza supone una forma de vida en la que las cosas pertenecen al que se las gana, y queda de alguna forma grabado en la herencia genética. Por ello, el protestantismo, haciendo aflorar los conceptos instintivos de bien y mal a través de la figura de Dios y su juicio, está también fomentando una valoración positiva de la propiedad privada, y a la larga del liberalismo. Es uno de los motivos para la relativa protección que han tenido las sociedades protestantes frente al socialismo, en comparación con las católicas. Actualmente los países de occidente con mayor proporción de izquierdistas (en su mayoría de tipo socialista, y a su vez aglomerando el grupo más nutrido de socialistas en general), con mucha diferencia, son los hispanoamericanos, junto a España y Portugal. Y hasta parece haber ocurrido una inmersión progresiva de los restos del catolicismo en las aguas del izquierdismo, culminada en el papa actual.
Ahondando en las consecuencias del uso de conceptos puros de bien y mal, puede hacerse otra hipótesis más:
En el paleolítico, y antes del mismo, los individuos cazadores-recolectores comprobaban como los más hábiles recogiendo frutos y cazando presas resultaban los más exitosos, generación tras generación. A la larga se formó el concepto innato de que eso es lo justo, gracias a lo cual se impulsó aún más a los individuos a vivir así. Por ello, pasados los milenios, otra ventaja que consiguieron los protestantes, sin proponérselo así, pero podemos aprehenderlo ahora, es el fomento de la meritocracia, el ascenso social mediante el mérito en el trabajo, entendido en sentido amplio como cualquier actividad beneficiosa para el individuo o la civilización a la que pertenece. Esto también entra de lleno en el liberalismo. En cambio, los católicos eran más susceptibles de generar aristocracias de otros tipos, por ejemplo mafioso/corruptas, y/o de mantener las de sangre. También de aceptar nuevos sistemas no meritocráticos, como el comunismo, en el que se asciende por nivel de fanatismo y habilidad maquiavélica; y el nacional-socialismo o fascismo, abiertamente partidario de las élites, pero normalmente siguiendo el mismo método que los comunistas para formarlas, despreciando las élites “económicas”, es decir, despreciando la meritocracia real, con la excepción de la militar.
- Interpretación de las sagradas escrituras por élite eclesial, en lugar de por cada persona.
Este defecto está relacionado con el anterior. Sería esa élite la que decidiría los códigos de conducta, lo que es fácilmente corrompible, llegándose a sistemas tan repudiables como los de las indulgencias. Además, al tener la élite que explicitar ese código, irremediablemente se cometerían errores que no están presentes en nuestros conceptos innatos de bien y mal, que tienen todas las personas. El sistema católico además implica que en la práctica baste con apoyar a esas élites, para ser considerado un buen cristiano. Este es otro de los motivos por los que la nueva religión de occidente, el izquierdismo, haya tenido mucho más éxito en el mundo (ex)católico y (ex)ortodoxo que en el (ex)protestante, dado que uno de sus pilares consiste en que para ser considerado buena persona, incluso ante uno mismo, baste con apoyar a la izquierda y/o declararse izquierdista, por malvado y cínico que uno sea en la vida real.
- Idolatría.
Este defecto, aparentemente inocuo, es uno de los más graves. La adoración de imágenes viene recogida en varias religiones de éxito como algo pernicioso que hacen otras. El antiguo testamento es claro a este respecto con la historia del becerro de oro, e igualmente claros fueron los judíos. Aún más los protestantes y los musulmanes. Es perfectamente razonable: adorar imágenes o figuras, en lugar de conceptos, a la larga desemboca en una sociedad que desprecia los contenidos en favor de las formas, que da una importancia excesiva y hasta enfermiza a lo superficial y accesorio, en lugar de a lo esencial y relevante. Lo importante no sería ser bueno, sino parecerlo, etc.
Y al final la sociedad se convierte en un juego maquiavélico de pájaros cucos y pavos reales.
Los efectos perniciosos no son sólo morales sino que aparecen en todos los planos intelectuales. Por ejemplo, en el mundo católico lo más importante no es el conocimiento de la naturaleza, sino su dominio. Se valora mucho más la ingeniería que la ciencia, al contrario que en el mundo protestante, en el que la ciencia tiene mayor prestigio. En buena medida por ello, la gran mayoría de los grandes científicos de la historia han provenido de las naciones protestantes y de su ámbito de influencia, dando España e hispanoamérica auténtica pena en ese sentido. Esta parte del mundo, la más antiprotestante, no ha dado ni un solo físico o matemático importante. En cambio, los ingenieros españoles no han sido tan mediocres, al menos tan extremadamente mediocres; pero por algún tipo de justicia, incluso en ese campo que por supuesto no es nada despreciable, nos han superado los protestantes.
Ese desprecio por la ciencia, que es la disciplina intelectual más elevada, la que pretende comprender las cosas, la mejor representante actual de la filosofía genuina, ha llevado a los “pensadores” católicos, especialmente a los educados en los países más antiprotestantes, a una progresiva esterilidad, con un desconocimiento voluntario en materias científicas, generando obras que encadenan razonamientos engañosos que llevan a conclusiones falaces, perfectamente inservibles. Como si copiaran la metodología y estilo de los primeros filósofos clásicos, pre-científicos, pero sin el mérito pionero de aquellos, y sin legar nada de valor.
Actualmente es común que utilicen como excusa el falso carácter científico que pretendía tener el marxismo, como si la ciencia real se pudiera meter en el mismo saco, y quedase justificado su desprecio por ésta, que viene de muy atrás. En realidad se puede comprobar una vez más el carácter compatible de catolicismo e izquierdismo, ambos acientíficos aunque cada uno a su manera, entendiéndose por qué uno ha dado paso a otro con tanto entusiasmo. Ambos piden, y en cuanto pueden imponen, adoctrinamiento político/religioso para los niños en los planes de estudios, por supuesto relegando a las ciencias, ya que las asignaturas de humanidades son más susceptibles de ser reconvertidas en propaganda.
- Politeísmo
Los católicos lo niegan, pero lo cierto es que su colección de "vírgenes" y "santos" son interpretables como semidioses. Aunque no se llegue a los extremos de los politeísmos de las civilizaciones clásicas en los que unas divinidades se peleaban con otras, lo cierto es que tantas voces a las que atender, fácilmente puede generar caos o discrepancias, en lugar de una guía espiritual clara.
- Celibato
Esta obligación de los representantes de la iglesia, se reveló tan absurda como parecía desde el momento en que los pastores protestantes demostraron que podían hacer perfectamente su labor, sin renunciar a poder tener familia.
Además, era una fuente más del fomento de la hipocresía y el encubrimiento de la realidad, ya que algunos de los sacerdotes, monjes, o frailes, no se resistían a los placeres de la carne en la práctica.
- Concepto utópico del pecado.
Según el catolicismo, pueden existir personas libres de pecado. Por sí mismas, sin que medie la redención de Cristo. De ahí la proliferación de santos en la historia de esta confesión. Nadie en su sano juicio puede creerse las historias oficiales de los mismos, con su supuesta perfección moral, que no es algo humano, va más allá de una separación realista entre el bien y el mal. La separación protestante es clara a ojos de Dios, no hay un coladero para cualquier nivel de maldad mediante purgas, absoluciones o indulgencias, pero simultáneamente es realista, de manera que en la práctica sí puede tener utilidad. No así el sistema católico, que por su propia naturaleza tiende por un lado al cinismo (por la corrupción y la sensación de gratuidad moral), y por otro a la hipocresía (para ocultar la realidad, una vez más).
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Todas estas características genuinamente corruptas del catolicismo, las suelen vender sus pseudointelectuales como “pruebas” de que sería la única ideología no totalitaria. Algo de cierto hay en ello: la corrupción los protege del totalitarismo. El comunismo cubano o el venezolano son relativamente blandos comparados con lo que fueron la URSS o la china de Mao; del mismo modo el nacional-socialismo de Italia o España eran laxos respecto al alemán, y de hecho a Franco no le importó cambiar de chaqueta cuando Alemania perdió la guerra. Pero por otro lado, el carácter corrupto hace también otra cosa: incapacitarlos para un sistema de libertades. Así, los inmigrantes católicos han formado sus infames grupúsculos mafiosos en aquellos países liberales a los que han ido a parar, versiones en miniatura de sus países de procedencia. Y por otro lado los países católicos democráticos, que algunos tienen el descaro de calificarlos de liberales, son gigantescas mafias-estado, donde un falso estado de derecho sirve simultáneamente de fachada y de verdugo del matón de turno.
A su vez, a estas consecuencias de los defectos religiosos analizados, las describen como “no aspirar a crear el paraíso en la Tierra”. Para entendernos: no hay derecho a castigar a Capone si es un buen católico y paga sus indulgencias. Que sea él quien aplique “justicia”, ya que sus aspiraciones paradisíacas son modestas y no van más allá de vivir en mansiones horteras y yates. Esta implementación de religión al servicio de una política mafiosa y corrupta, es lo que llaman religión “no política”.
En todo caso, la pretensión del poder católico es de ser absoluto, se considera el único legítimo, “natural”, “no artificial”, la autoritas, en su lenguaje hipócrita. Pero en la práctica, a causa de sus defectos y características corruptas, resultaba holgazán e incompetente, un fracaso notorio, así que nadie se sentía claramente vinculado a la máxima autoridad, e inevitablemente los reyes de la época católica antiprotestante ostentaban el poder prácticamente total, resultando los papas y la iglesia una figura poco menos ridícula que lo que es ahora, meros guardianes y propagandistas de la fé común, y sólo se les obedeciera cuando convenía o no quedaba más remedio. Evidentemente no había una división de poderes auténtica. Lo que es coherente con la postura católica típica de rechazo a una división de poderes real, por ejemplo la liberal, ya que niegan legitimidad a cualquier ideología o religión diferente a la suya.
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El emperador Carlos, que en otros aspectos no fue un mal rey, decidió despreciar a Lutero, comparándolo con Lucifer. Una decisión fatal para España. El conflicto acabó desembocando en una escisión de la iglesia y largas guerras entre ambas partes, que con el tiempo llevaron a la católica no sólo a mantener todos los defectos, sino a amplificarlos (para autoafirmarse diferenciándose del enemigo) y enquistarlos, convirtiendo a la larga a la sociedad de sus naciones en inmorales en la práctica, formadas por individuos hipócritas, tan enfermizamente egoístas como expertos en aparentar justo lo contrario. Ninguna civilización se sostiene si sus integrantes no luchan por un bien común, y los disfraces lo único que hacen es retrasar el desenlace.
Tanto se enquistó y consolidó esa inmoralidad trilera en la cultura católica (sobre todo del sector católico que más luchó contra los protestantes y menos se mezcló con ellos, con España a la cabeza, y el vaticano por razones obvias), que actualmente hasta los ateos españoles conservan intacto el mismo sustrato cultural de mezquindad, agravado por la nueva religión izquierdista. Con el paso del tiempo, el catolicismo ahondó sin prisa pero sin pausa en sus problemas, llegando en nuestros días a ridículos tan esperpénticos como los pseudocatólicos andaluces, costaleros y seguidores de las cofradías, que en su mayoría no creen prácticamente en ningún aspecto cristiano (ni moral ni de ningún tipo), salvo sus adorados muñecos grotescos y enjoyados. Una sociedad-cloaca, que ha llegado al extremo de seleccionar a los individuos psicópatas, en lugar de desecharlos como ocurre en todas las sociedades sanas.
Fuente
¿Qué pudrió hasta tal extremo la moral del país? Algunos intelectuales, entre ellos los regeneracionistas que ya he señalado, sugirieron diversas causas posibles, y algunas de ellas pudieron influir, pero en mi opinión hay una fundamental y primordial, que dio comienzo precisamente cinco siglos atrás, el día en que el emperador Carlos I de España se entrevistó con Lutero para decidir si el imperio adoptaba el protestantismo o no. Decidió que rotundamente no, y así empezó en nuestra parte del mundo una amplificación de los defectos que habían adquirido la religión e iglesia cristianas, es decir, lo que se ha entendido como catolicismo desde que la iglesia de Roma entró en guerra con los protestantes.
Los defectos eran evidentes, y Lutero pretendió reformarlos; primero debatiendo, pero fue rechazado y condenado. Para concretar, estos eran los principales problemas:
- Indulgencias.
Pagos que se hacían a la iglesia a cambio de sufrir menos en el purgatorio, una vez fallecidos. La idea, de la que no hay ni que explicar la corrupción moral que supone, tuvo un éxito enorme en el mundillo católico, y con el tiempo se diversificó el negocio, llegando hasta el siglo XX, en el que por un módico precio uno podía comer carne en semana santa, por poner un ejemplo especialmente ridículo.
- Concepto de purgatorio.
Este pseudoinfierno temporal en el que purgan sus penas los que van al cielo, supone que no hay necesidad de ser bueno o malo, basta con ser una mezcla, tan diluida como se quiera. Si además resulta que se puede comprar la supresión de dichas penas, el chollo es irresistible.
- Salvación/Condena se decide por acciones humanas concretas, en lugar de determinarla Dios.
De nuevo, esto implica que no hay buenos y malos, sino que se "elige" a gusto del consumidor.
No hay manera objetiva de regular detalladamente esa elección, evidentemente, por lo que será una élite la que disponga lo que le de la gana al respecto. Las acciones concretas que se determinen serán inevitablemente arbitrarias, hasta cierto punto. Además, a la larga el sistema resultará rígido. Los defensores del catolicismo critican el hecho de que en el protestantismo la disyuntiva venga predeterminada por Dios, pretendiendo que eso supondría que lo que hagan las personas en la Tierra no importaría nada. Fingen olvidar que el concepto de Dios es omnipotente y omnisciente, y por tanto sabe de antemano qué hará cada persona en su vida.
Lo que a efectos prácticos supone la reforma protestante, es que el código de conducta de los individuos no se rija por lo que se le antoje a un reducido grupo de ellos, sino por los conceptos auténticos del bien y el mal. Desde un punto de vista científico, es razonable suponer que aunque sean inefables en su totalidad, todos tenemos esos conceptos impresos en nuestro código genético (de ahí el parecido entre todas las religiones de éxito), porque es conveniente para la supervivencia del grupo, de la especie. Aunque en aquellos tiempos los protestantes no lo razonaran así, hoy en día podemos entender perfectamente por qué esa reforma suponía una mejora.
Otro concepto que podríamos portar en los genes desde nuestros ancestros más remotos, de forma abstracta y primaria, es el de propiedad. Es una hipótesis: provendría de la naturaleza cazadora-recolectora del homo sapiens prehistórico, no carroñero, como demuestra el modesto nivel de acidez de nuestros jugos gástricos, poco agresivos con los microbios presentes en el alimento (en comparación con los estómagos de los animales carroñeros). Esta naturaleza supone una forma de vida en la que las cosas pertenecen al que se las gana, y queda de alguna forma grabado en la herencia genética. Por ello, el protestantismo, haciendo aflorar los conceptos instintivos de bien y mal a través de la figura de Dios y su juicio, está también fomentando una valoración positiva de la propiedad privada, y a la larga del liberalismo. Es uno de los motivos para la relativa protección que han tenido las sociedades protestantes frente al socialismo, en comparación con las católicas. Actualmente los países de occidente con mayor proporción de izquierdistas (en su mayoría de tipo socialista, y a su vez aglomerando el grupo más nutrido de socialistas en general), con mucha diferencia, son los hispanoamericanos, junto a España y Portugal. Y hasta parece haber ocurrido una inmersión progresiva de los restos del catolicismo en las aguas del izquierdismo, culminada en el papa actual.
Ahondando en las consecuencias del uso de conceptos puros de bien y mal, puede hacerse otra hipótesis más:
En el paleolítico, y antes del mismo, los individuos cazadores-recolectores comprobaban como los más hábiles recogiendo frutos y cazando presas resultaban los más exitosos, generación tras generación. A la larga se formó el concepto innato de que eso es lo justo, gracias a lo cual se impulsó aún más a los individuos a vivir así. Por ello, pasados los milenios, otra ventaja que consiguieron los protestantes, sin proponérselo así, pero podemos aprehenderlo ahora, es el fomento de la meritocracia, el ascenso social mediante el mérito en el trabajo, entendido en sentido amplio como cualquier actividad beneficiosa para el individuo o la civilización a la que pertenece. Esto también entra de lleno en el liberalismo. En cambio, los católicos eran más susceptibles de generar aristocracias de otros tipos, por ejemplo mafioso/corruptas, y/o de mantener las de sangre. También de aceptar nuevos sistemas no meritocráticos, como el comunismo, en el que se asciende por nivel de fanatismo y habilidad maquiavélica; y el nacional-socialismo o fascismo, abiertamente partidario de las élites, pero normalmente siguiendo el mismo método que los comunistas para formarlas, despreciando las élites “económicas”, es decir, despreciando la meritocracia real, con la excepción de la militar.
- Interpretación de las sagradas escrituras por élite eclesial, en lugar de por cada persona.
Este defecto está relacionado con el anterior. Sería esa élite la que decidiría los códigos de conducta, lo que es fácilmente corrompible, llegándose a sistemas tan repudiables como los de las indulgencias. Además, al tener la élite que explicitar ese código, irremediablemente se cometerían errores que no están presentes en nuestros conceptos innatos de bien y mal, que tienen todas las personas. El sistema católico además implica que en la práctica baste con apoyar a esas élites, para ser considerado un buen cristiano. Este es otro de los motivos por los que la nueva religión de occidente, el izquierdismo, haya tenido mucho más éxito en el mundo (ex)católico y (ex)ortodoxo que en el (ex)protestante, dado que uno de sus pilares consiste en que para ser considerado buena persona, incluso ante uno mismo, baste con apoyar a la izquierda y/o declararse izquierdista, por malvado y cínico que uno sea en la vida real.
- Idolatría.
Este defecto, aparentemente inocuo, es uno de los más graves. La adoración de imágenes viene recogida en varias religiones de éxito como algo pernicioso que hacen otras. El antiguo testamento es claro a este respecto con la historia del becerro de oro, e igualmente claros fueron los judíos. Aún más los protestantes y los musulmanes. Es perfectamente razonable: adorar imágenes o figuras, en lugar de conceptos, a la larga desemboca en una sociedad que desprecia los contenidos en favor de las formas, que da una importancia excesiva y hasta enfermiza a lo superficial y accesorio, en lugar de a lo esencial y relevante. Lo importante no sería ser bueno, sino parecerlo, etc.
Y al final la sociedad se convierte en un juego maquiavélico de pájaros cucos y pavos reales.
Los efectos perniciosos no son sólo morales sino que aparecen en todos los planos intelectuales. Por ejemplo, en el mundo católico lo más importante no es el conocimiento de la naturaleza, sino su dominio. Se valora mucho más la ingeniería que la ciencia, al contrario que en el mundo protestante, en el que la ciencia tiene mayor prestigio. En buena medida por ello, la gran mayoría de los grandes científicos de la historia han provenido de las naciones protestantes y de su ámbito de influencia, dando España e hispanoamérica auténtica pena en ese sentido. Esta parte del mundo, la más antiprotestante, no ha dado ni un solo físico o matemático importante. En cambio, los ingenieros españoles no han sido tan mediocres, al menos tan extremadamente mediocres; pero por algún tipo de justicia, incluso en ese campo que por supuesto no es nada despreciable, nos han superado los protestantes.
Ese desprecio por la ciencia, que es la disciplina intelectual más elevada, la que pretende comprender las cosas, la mejor representante actual de la filosofía genuina, ha llevado a los “pensadores” católicos, especialmente a los educados en los países más antiprotestantes, a una progresiva esterilidad, con un desconocimiento voluntario en materias científicas, generando obras que encadenan razonamientos engañosos que llevan a conclusiones falaces, perfectamente inservibles. Como si copiaran la metodología y estilo de los primeros filósofos clásicos, pre-científicos, pero sin el mérito pionero de aquellos, y sin legar nada de valor.
Actualmente es común que utilicen como excusa el falso carácter científico que pretendía tener el marxismo, como si la ciencia real se pudiera meter en el mismo saco, y quedase justificado su desprecio por ésta, que viene de muy atrás. En realidad se puede comprobar una vez más el carácter compatible de catolicismo e izquierdismo, ambos acientíficos aunque cada uno a su manera, entendiéndose por qué uno ha dado paso a otro con tanto entusiasmo. Ambos piden, y en cuanto pueden imponen, adoctrinamiento político/religioso para los niños en los planes de estudios, por supuesto relegando a las ciencias, ya que las asignaturas de humanidades son más susceptibles de ser reconvertidas en propaganda.
- Politeísmo
Los católicos lo niegan, pero lo cierto es que su colección de "vírgenes" y "santos" son interpretables como semidioses. Aunque no se llegue a los extremos de los politeísmos de las civilizaciones clásicas en los que unas divinidades se peleaban con otras, lo cierto es que tantas voces a las que atender, fácilmente puede generar caos o discrepancias, en lugar de una guía espiritual clara.
- Celibato
Esta obligación de los representantes de la iglesia, se reveló tan absurda como parecía desde el momento en que los pastores protestantes demostraron que podían hacer perfectamente su labor, sin renunciar a poder tener familia.
Además, era una fuente más del fomento de la hipocresía y el encubrimiento de la realidad, ya que algunos de los sacerdotes, monjes, o frailes, no se resistían a los placeres de la carne en la práctica.
- Concepto utópico del pecado.
Según el catolicismo, pueden existir personas libres de pecado. Por sí mismas, sin que medie la redención de Cristo. De ahí la proliferación de santos en la historia de esta confesión. Nadie en su sano juicio puede creerse las historias oficiales de los mismos, con su supuesta perfección moral, que no es algo humano, va más allá de una separación realista entre el bien y el mal. La separación protestante es clara a ojos de Dios, no hay un coladero para cualquier nivel de maldad mediante purgas, absoluciones o indulgencias, pero simultáneamente es realista, de manera que en la práctica sí puede tener utilidad. No así el sistema católico, que por su propia naturaleza tiende por un lado al cinismo (por la corrupción y la sensación de gratuidad moral), y por otro a la hipocresía (para ocultar la realidad, una vez más).
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Todas estas características genuinamente corruptas del catolicismo, las suelen vender sus pseudointelectuales como “pruebas” de que sería la única ideología no totalitaria. Algo de cierto hay en ello: la corrupción los protege del totalitarismo. El comunismo cubano o el venezolano son relativamente blandos comparados con lo que fueron la URSS o la china de Mao; del mismo modo el nacional-socialismo de Italia o España eran laxos respecto al alemán, y de hecho a Franco no le importó cambiar de chaqueta cuando Alemania perdió la guerra. Pero por otro lado, el carácter corrupto hace también otra cosa: incapacitarlos para un sistema de libertades. Así, los inmigrantes católicos han formado sus infames grupúsculos mafiosos en aquellos países liberales a los que han ido a parar, versiones en miniatura de sus países de procedencia. Y por otro lado los países católicos democráticos, que algunos tienen el descaro de calificarlos de liberales, son gigantescas mafias-estado, donde un falso estado de derecho sirve simultáneamente de fachada y de verdugo del matón de turno.
A su vez, a estas consecuencias de los defectos religiosos analizados, las describen como “no aspirar a crear el paraíso en la Tierra”. Para entendernos: no hay derecho a castigar a Capone si es un buen católico y paga sus indulgencias. Que sea él quien aplique “justicia”, ya que sus aspiraciones paradisíacas son modestas y no van más allá de vivir en mansiones horteras y yates. Esta implementación de religión al servicio de una política mafiosa y corrupta, es lo que llaman religión “no política”.
En todo caso, la pretensión del poder católico es de ser absoluto, se considera el único legítimo, “natural”, “no artificial”, la autoritas, en su lenguaje hipócrita. Pero en la práctica, a causa de sus defectos y características corruptas, resultaba holgazán e incompetente, un fracaso notorio, así que nadie se sentía claramente vinculado a la máxima autoridad, e inevitablemente los reyes de la época católica antiprotestante ostentaban el poder prácticamente total, resultando los papas y la iglesia una figura poco menos ridícula que lo que es ahora, meros guardianes y propagandistas de la fé común, y sólo se les obedeciera cuando convenía o no quedaba más remedio. Evidentemente no había una división de poderes auténtica. Lo que es coherente con la postura católica típica de rechazo a una división de poderes real, por ejemplo la liberal, ya que niegan legitimidad a cualquier ideología o religión diferente a la suya.
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El emperador Carlos, que en otros aspectos no fue un mal rey, decidió despreciar a Lutero, comparándolo con Lucifer. Una decisión fatal para España. El conflicto acabó desembocando en una escisión de la iglesia y largas guerras entre ambas partes, que con el tiempo llevaron a la católica no sólo a mantener todos los defectos, sino a amplificarlos (para autoafirmarse diferenciándose del enemigo) y enquistarlos, convirtiendo a la larga a la sociedad de sus naciones en inmorales en la práctica, formadas por individuos hipócritas, tan enfermizamente egoístas como expertos en aparentar justo lo contrario. Ninguna civilización se sostiene si sus integrantes no luchan por un bien común, y los disfraces lo único que hacen es retrasar el desenlace.
Tanto se enquistó y consolidó esa inmoralidad trilera en la cultura católica (sobre todo del sector católico que más luchó contra los protestantes y menos se mezcló con ellos, con España a la cabeza, y el vaticano por razones obvias), que actualmente hasta los ateos españoles conservan intacto el mismo sustrato cultural de mezquindad, agravado por la nueva religión izquierdista. Con el paso del tiempo, el catolicismo ahondó sin prisa pero sin pausa en sus problemas, llegando en nuestros días a ridículos tan esperpénticos como los pseudocatólicos andaluces, costaleros y seguidores de las cofradías, que en su mayoría no creen prácticamente en ningún aspecto cristiano (ni moral ni de ningún tipo), salvo sus adorados muñecos grotescos y enjoyados. Una sociedad-cloaca, que ha llegado al extremo de seleccionar a los individuos psicópatas, en lugar de desecharlos como ocurre en todas las sociedades sanas.
Fuente
[img]https://i.imgur.com/gzkuJZI.png[/img]


). Pero lo cierto es que no creo mucho en eso, yo creo que a veces son pequeñas coincidencias casi anecdóticas las que hacen que las cosas sean como han sido. Si Catalina de Aragón le hubiera dado un hijo varón a Enrique VIII, quizá Inglaterra (y por añadidura USA) seguirían siendo católicas. Quizá si la historia de Carlos V y Felipe II que nos ha contado Keisari hubiera sido diferente, nosotros habríamos sido los protestantes, también creo que es más fácil que un cambio así se abra paso poco a poco en un mundo superfraccionado y de poderes disputados como era el Sacro Imperio que en una gran corona unificada que valora esa cohesión, como Francia, España e Inglaterra (aunque allí pasará lo que pasó).